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| Cuba: sociedad
y arte deco (1) Lohania Aruca Alonso |
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| Lohania Aruca Alonso es miembro de la UNEAC, Vicepresidenta de la Sección de Historia de la Asociación de Escritores y miembro de la UNAICC |
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| (leia versão em português) | ||||||||||||||||||||||||||||
En el análisis histórico de cualquier movimiento artístico es imposible pasar por alto las preguntas acerca de ¿Cuál fue la Sociedad en que éste se generó, o, encontró eco para su implantación y multiplicación? Y la de ¿Cómo vieron los resultados de aquella realidad artística insertada en la trama y urdimbre citadina los viajeros o visitantes? ¿Quiénes, ajenos a la cotidianidad del habitante, percibieron la transformación ocurrida y valoraron su impacto social? El período de la Historia del Arte de Cuba que llenan los años Arte Decó, aproximadamente entre 1925 a 1945 (dos décadas), coincide y esto no es fruto de la casualidad con una etapa de cambios en el seno de la Sociedad Cubana. Aún hay mucho que estudiar, reflexionar, ponderar y concluir en torno a los primeros 57 años de la República de Cuba, cuyo primer Centenario internacional transcurre, justamente, en el 2002. Sin embargo, se pueden señalar algunos hitos que ayudan a comprender qué tipo de sociedad fue aquella, cuáles eran sus protagonistas, y los problemas que se planteaban con mayor urgencia desde los ángulos, muy diversos, de las clases, sectores y grupos sociales que la conformaban. Por ejemplo, el 13 de marzo de 1925, bajo el primer gobierno del presidente General Gerardo Machado y Morales (1924 a 1928) (2), fue ratificado por el Congreso de los Estados Unidos el Tratado sobre la Isla de Pinos (3). ! 21 años después! de concluido el documento conocido como Tratado Hay-Quesada, acordado entre los representantes acreditados de los gobiernos de Cuba (Gonzalo de Quesada) y de los Estados Unidos de América (John Hay) y de su ratificación por el Senado cubano (8 de junio de 1904), se puso fin a la cuestión de la jurisdicción de la República de Cuba sobre la Isla de Pinos. Es a partir de ese momento que podemos considerar – en la mayor parte de su extensión – los límites oficiales del territorio cubano dentro de los cuales radica su población y sociedad. Aún habría que exceptuar de aquellos a las bases navales y las carboneras cedidas en tierra cubana a los E.U.A., a cambio del Tratado Hay-Quesada. Esas quedaron pendientes de acuerdos ulteriores. La construcción de la Carretera Central, los planes de embellecimiento de la capital de Cuba, el alcantarillado y pavimentación de las ciudades de Santa Clara y Camagüey, los acueductos de Santiago de Cuba, Pinar del Río y Trinidad, la construcción de edificios públicos de alto relieve, entre ellos el Capitolio Nacional, centros escolares, hospitalarios, aduanas (en especial la de Isla de Pinos) y otras obras importantes para el desarrollo económico y social del país, realizadas por la Secretaría de Obras Públicas encabezada por el arquitecto Carlos Miguel de Céspedes, fueron hechos positivos que comenzaron a sentar las bases necesarias para el incremento de la vida urbana a lo largo de toda la joven República (4). A pesar de ello, la gran depresión económica padecida entre 1929 y 1933 limitó extraordinariamente los objetivos iniciales de los planes de desarrollo urbano y concentraron en La Habana sus principales efectos (5).
Durante las décadas del 30 y 40, La Habana es calificada de Monumental y se convirtió, aceleradamente, en la única metrópoli urbana del país, y de El Caribe. Fue la vitrina gigante de todos los progresos de la Modernidad a que aspiraban, hablando grosso modo, el cubano y la cubana de entonces (7). Su crecimiento urbanístico y poblacional se proyectó en forma descomunal (8). Se rompieron definitivamente el posible equilibrio de la red de asentamientos urbanos existentes en el territorio nacional, y las relaciones entre la ciudad y el campo (cubierto éste último, en su mayor parte, por los latifundios azucareros y ganaderos).
Así captó el proceso de metropolización de la ciudad, en constante ensanche, el poeta Jorge Carrera Andrade que la visitaba en 1930. En forma más directa e incisiva Vladimir Maiacovsky, de paso por La Habana el 4 de julio de 1925 dice significativamente en una de sus estrofas del poema que titula Black and White:
El paradigma del confort urbano propiciado por los avances de la Ciencia y la Tecnología sustentos del sistema capitalista, en pleno auge en Cuba durante la segunda mitad de los años 30 y los 40, conlleva los servicios de agua potable, drenajes, electricidad, baños con inodoro, ascensores, y no era sólo para las mansiones de la elite social sino también para los edificios de apartamentos "de alquiler", los hoteles, los hospitales, las instituciones públicas y privadas... Este deslumbrante despliegue tecnológico en las construcciones de La Habana crea evidentes contrastes culturales, y sugiere al poeta francés vanguardista Adolf de Falgairolles la siguiente estrofa del Poema a Cuba publicado por la Revista Avance (traducción al español de Eugenio Florit):
Las diversiones encuentran de igual modo expresiones urbanas, de pura importación. Los cines, bares, yatch clubes, casinos deportivos o de juegos, son algo más que neologismos que encandilan a una sociedad de blancos ricos nacionales y foráneos. De todo ello toma nota el poeta norteamericano Wallace Stevens en su Discurso Académico en La Habana (publicado en la Revista Avance, 1929):
La conurbación más importante para La Habana del siglo XX se consuma entre esta y el municipio de Marianao, donde los habaneros frecuentaban el Gran Casino de La Habana, y el Casino de la Playa. Los Jardines de la Cervecería de la Tropical eran preferidos por la clase media, así como los clubes náuticos costeros, auspiciados por las asociaciones profesionales, entre otras. No obstante la impactante presencia de la cultura estadounidense, la africanía de la música y la sensualidad de la ciudad deslumbró a Langston Hughes en 1930:
Los nuevos emigrantes españoles y los que habían quedado en la nueva República integrando su sociedad de formas muy variadas, recordaban con dolor y nostalgia el poder perdido sobre su antigua colonia. Y Rafael Alberti cuando visita por primera vez la ciudad en 1935 resalta este sentimiento en algunos de sus versos de Cuba dentro de un piano:
Por último, la valoración ética de la ciudad buena y la ciudad mala fundada en las características contradictorias de la sociedad habanera, plagada de inmigrantes y, bajo influencias disímiles de todo tipo, nos la trasmite un poema de Ana María Hidalgo denominado La Habana que reproduce la revista Orto en 1931:
Bibliografía Ramiro Guerra Sánchez, Historia Elemental de Cuba, 1957, Cultural S.A. La Habana __________________, Filosofía de la Producción Cubana, (Agrícola e Industrial), 1944, Cultural, S.A., La Habana, Cuba. Julio Le Riverend, La República, 1975, Editorial Ciencias Sociales, La Habana. Juan Pérez de la Riva y otros, La República Neocolonial, Tomo 1, Anuario de Estudios Cubanos, tomo 1, 1975, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana. Hortensia Pichardo, Documentos para la Historia de Cuba II, 1976, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1ª edición. Roberto Segre, Eliana Cárdenas, Lohania Aruca, Historia de la Arquitectura y del Urbanismo: América Latina y Cuba, Ediciones ENSPES, La Habana, 1981, 1ª edición. Angel Augier, Poesía de la Ciudad de La Habana, 2001, Ediciones Boloña, La Habana. Notas 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 |
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