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| Pensar
y habitar Alfonso Ramírez Ponce |
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| Alfonso Ramírez Ponce es arquitecto mexicano, profesor, escritor, conferencista, proyectista y constructor de obras de bajo costo, con materias primas como el ladrillo. Asesor de la FPAA (1992-2000) y de la Fundación Rigoberta Menchú. Ganador del Premio Armando Mestre de la República de Cuba. Primer premio del Concurso sobre Transferencia Tecnológica para el Habitat Popular, organizado por el CYTED | ||||||||||||||||||||||||||||
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Este trabajo se inscribe en el II Seminario Nacional de Teoría de la Arquitectura, en el tema “La teoría, sus definiciones y contenidos”. Analiza los distintos significados de la palabra Arquitectura, tanto dentro de la especialidad como fuera de ella. También plantea que la relación entre los espacios arquitectónicos y los seres humanos va mucho más allá de los conceptos de uso y de usuarios, empleados acrítica y repetidamente por la mayoría de los arquitectos. Los seres humanos establecemos una simbiosis difícil de explicar con los espacios que nos contienen. Los habitamos y nos habitan. Somos sus habitantes o sus habitadores (1). En apoyo de la argumentación surgen – exultantes – los pensamientos y palabras de talentosos escritores y poetas. Pensar La única posibilidad que el hombre tiene para ser y estar en el mundo es habitándolo, nos dice el filósofo alemán Martin Heidegger (2). Los límites de este “habitar” empiezan cuando estando frente a nuestra casa decimos “Habito allí” y culminarían – según el humor de Georges Perec – cuando tuviéramos que decir; “Habito en uno de los planetas de una de las más jóvenes estrellas amarillas enanas situadas en el borde de una galaxia de mediocre importancia y arbitrariamente designada con el nombre de Vía Láctea” (3). Como el mundo en su estado natural no es habitable, al hombre no le basta su condición individual para sobrevivir (4), por necesidad tiene que reinventar el mundo. Inventa una segunda piel que lo proteja y le brinde un espacio habitable donde pueda producir y reproducir su vida. Una piel que le brinde la comodidad, la seguridad y el deleite que requiere para poder vivir plenamente. A esa segunda piel le hemos dado el nombre de Arquitectura (5). La función histórica y social de la arquitectura ha sido la creación necesaria de un espacio humanizado, un espacio hecho a imagen y semejanza del hombre para que éste sobreviva. Un espacio que el hombre pueda habitar, un espacio antropomorfizado (6). En este sentido, podemos decir que la esencia de la arquitectura radica en ese espacio interno (7) y las características que debe llenar para satisfacer las necesidades del hombre, aunque sabemos que históricamente esta jerarquía del espacio humanizado no ha sido suficientemente explícitada. Esta definición enraizada en la realidad social de la esencia de nuestra disciplina, nos hace entender que la creatividad arquitectónica tiene, a la manera del verso de líneas anteriores, un pie forzado. Dicho pie es la conciente (8) expresión de una serie de condiciones que los espacios deben satisfacer para ser espacios habitables. En otras palabras, todo proyecto es una respuesta a las exigencias que lo originan. No existe proyecto que no parta de condiciones previas. Desde el campo de la Teoría se ha llamado a ese conjunto de condiciones, exigencias o requisitos, el programa arquitectónico. Este Programa o conjunto de exigencias es metafóricamente, la “voz” del ser arquitectónico. Es la expresión de su querer ser, de los modos de vida que encierra (9). Parte básica de la formación del arquitecto es el desarrollo de esta capacidad de “oír” y respetar la vocación del problema arquitectónico expresada en forma expIícita en su Programa. El arquitecto es el intérprete, el hilo conductor que permite que la voz arquitectónica sea escuchada. Puede interpretarla es decir, re-crearla, volverla a crear, pero sin traicionarla. Un arquitecto debe tener la capacidad de “oír” las voces de los problemas a resolver, respetar su voluntad de ser e interpretar su “música”. Sería absurdo que un cantante al interpretar una canción cambiara la letra y la melodía originales, por querer demostrar su talento y capacidad. En la actualidad estos absurdos – dentro del ámbito arquitectónico – son más que excepciones. El Programa es el punto de partida insoslayable de toda obra arquitectónica, su principio pero no su meta final. La obra debe cumplir y trascender las condiciones que la originan y sustentan. En este sentido veamos lo que escribió Enrique del Moral (1906-1986):
Dicho de otra manera, el cumplimiento del Programa es la condición necesaria pero no suficiente, para lograr lo que Del Moral llama “una buena arquitectura”. De acuerdo a lo citado, el fenómeno arquitectónico tiene una estructura incluyente que va de la razón a la imaginación, de lo útil a lo bello, de dentro hacia fuera, a semejanza de una explosión, con una organización que supedita los medios al fin y que se desarrolla dominantemente del interior al exterior, como un organismo viviente. Pensar la palabra arquitectura La Arquitectura es uno de tantos términos, que casi sin darnos cuenta, se ha ido llenando de distintos y en algunos casos equívocos significados. Recordemos que la palabra arquitecto viene del griego arkhitékton compuesto de árkho “soy el primero” y tékton “obrero” derivado de tíkto “produzco doy a luz”. Es decir; el primero de los obreros que producen (11). Esta idea original sobre la función inicial de los arquitectos, como todos sabemos, cada vez se apega menos a la realidad. Hemos abandonado – con las notables excepciones de siempre – el campo de la construcción de las obras para refugiarnos en su invención o proyección y en algunos casos en su ideación. Hemos pensado que el fin de nuestra profesión no es tanto la realización material de la obra, sino, su concepción. En vez de sentirnos responsables de la existencia ideal (12) y la existencia material de la “Arquitectura”; hemos optado tan sólo por la primera. Esta es sin duda una de las principales razones de la crisis actual de nuestra profesión (13). Pero volviendo a los distintos significados de la palabra arquitectura; encontramos que por ejemplo, cuando decimos “la arquitectura de Luis Barragán” – por citar al más regional y precisamente por eso el más universal de los arquitectos mexicanos – nos podemos referir al estilo o a su manera de proyectar y construir, es decir, su manera de hacer arquitectura. Simultáneamente también podemos darle un segundo sentido a la expresión; refiriéndonos al producto de su hacer, es decir, a sus obras, aisladas o en conjunto. En un tercer sentido, al decir Arquitectura podemos estar hablando de la disciplina, – cualquiera que sea la definición, – un saber y hacer social e histórico para pensar, proyectar y construir espacios habitables. Por ejemplo, citando algunas de las expresiones más comunes; al decir “la arquitectura griega”; “la arquitectura latinoamericana”, o “la arquitectura mexicana del siglo XVI”; nos referimos, respectivamente, al conjunto de obras arquitectónicas ubicadas en un país – Grecia – o en una región geográfica – Latinoamérica ; o a las obras construídas en México entre el año 1501 y el 1600. El tiempo histórico y el lugar geográfico como coordenadas necesarias de la arquitectura. En resumen, en el lenguaje de los especialistas, la palabra tiene tres acepciones distintas: la Arquitectura como la disciplina, ciencia y arte de pensar, proyectar y construir espacios habitables (14); la actividad, el estilo o una manera de “hacer obras” – el “arquitecturar” (15) – y en tercer término, es la palabra con que designamos al producto de nuestro hacer, tanto una obra como un conjunto de obras arquitectónicas. La disciplina, la actividad y el producto. Para los efectos de nuestro discurso, entenderemos a la Arquitectura como la ciencia y el arte de pensar, proyectar y construir; a la actividad como el “hacer arquitectura” y al producto de dicho hacer como el objeto o la obra arquitectónica. Los significados de la palabra arquitectura quedarían incompletos, si sólo registráramos los empleados por los especialistas. Aún a riesgo de extendernos, nos parece necesario detenernos para conocer algunas de las acepciones utilizadas desde fuera de la especialidad. En particular, los sutiles significados usados por los poetas y escritores, que ustedes interpretarán, a través de unos cuantos ejemplos.
Arquitectura como la belleza sensible, la que domina los sentidos, la forma o envolvente, según el poeta español León Felipe. Concepto que con matices también utilizan, respectivamente, sus paisanos Juan Ramón Jiménez y García Lorca:
Por otra parte, sobre todo en nuestros días, es frecuente oír o leer: “la arquitectura de las computadoras”. En torno a este mundo avasallador, un joven matemático de la Facultad de Ciencias de nuestra Universidad – refiriéndose a la topología de las computadoras y a la ordenación interna de sus procesadores-, escribe en su tesis de doctorado:
Arquitecturas paralelas. La palabra usada como sinónimo de estructuras samejantes, de configuraciones, de un orden interno de relaciones entre las partes. Sentido coincidente con el dado desde otras disciplinas, como la medicina y la filosofía a la palabra arquitectura:
Para finalizar estos ejemplos, – no exhaustivos y acaso antológicos quiero citar a dos reconocidos escritores latinoamericanos, muy discutidos por sus posturas políticas, pero que desde su poesía sugieren sutilmente, profundas interpretaciones de la esencia de lo arquitectónico. Juzguen ustedes:
El poeta nos habla de un mundo arquitecturalmente heterogéneo, no sólo material, sino también inmaterial. Un mundo en el también las hoquedades, las hendeduras cuentan.
Arquitecturas inmateriales, hechas de viento y tiempo sin ser ni lo uno ni lo otro. Hechas de huecos e intersticios; de espacio intangible sin límites. Esta propuesta del concepto de arquitectura nos enfrenta a la insoslayable relación entre el espacio contenido y el espacio continente, ambos materias primas del hacer arquitectónico. El primero es el aludido por nuestros autores. El espacio existente pero inasible, insconstruible pues ya existe. El segundo es el que construye el arquitecto, es la envolvente, la piel que delimita al primero. Límites, que por supuesto, modifican, transforman el espacio contenido. Producimos – en el sentido heideggeriano – el espacio arquitectónico que estaba dentro del espacio natural; al producirlo desvelamos lo velado, desocultamos lo oculto, viajamos de la no presencia a la presencia. El hacer del arquitecto, como la desocultación del espacio, transformación colmada de pensamientos. Y bueno, como se podrá observar, el tema resulta inagotable. Pensar los objetos El hombre ha sido definido por los antropólogos, en sus etapas primigenias, como un “hacedor de herramientas”. Desde otra disciplina del conocimiento Freud nos dice:
El hombre como hacedor de objetos arquitectónicos necesarios para su subsistencia. El universo de objetos que el hombre ha producido es susceptible de ser clasificado. En primer término, tenemos las herramientas o instrumentos que utilizamos dominantemente con dedos y manos: lápices, plumas, pinceles, bisturís (25) o martillos, reglas y demás. Después, los objetos corporalmente necesarios para desarrollar muchas de nuestras actividades, es decir, los muebles: sillas, mesas, camas, escritorios. Son objetos ante los cuales – espacialmente hablando – estamos siempre junto, atrás o delante, arriba o abajo o a un lado. El tercer tipo de objetos, dentro de nuestra clasificación, lo constituyen los objetos arquitectónicos. Su especificidad consiste en ser objetos que penetramos para habitarlos. Objetos que son a la vez continentes de otros objetos – muebles e instrumentos – y personas. Objetos ante los cuales, no estamos junto sino dentro. Nos envuelven y por tanto nos convertimos en su contenido principal. Nuestra necesidad inexorable de habitar les da su característica básica: la habitabilidad. Y claro, dentro de estos tres tipos de objetos hay combinaciones posibles. Por ejemplo, un coche sería un objeto construido con la finalidad principal de desplazarse a altas velocidades y que en forma complementaria habitamos y con el que nos relacionamos corporalmente, nos sentamos o recostamos en él y además usamos algunas de sus partes con las manos y pies para conducirlo. Anotemos aquí, en forma breve que potencialmente todos los espacios que nos rodean son habitables aunque con distintos niveles de habitabilidad en función de la frecuencia y la duración de nuestro contacto con ellos. Un sendero en el bosque o la cima de una montaña tienen un grado de habitabilidad mucho menor que el de los espacios que consideramos arquitectónicos. Habitar La relación entre el hombre y los objetos que lo contienen es sin duda, una relación sumanente compleja, imposible de agotar en unas cuantas líneas. Una relación que tiene posiciones extremas, desde la identificación total: “Yo soy el espacio que habito, el punto de origen de toda actividad...” (26) o bien la misma idea en otros términos: ”Je suis l'espace ou je suis” (27). En la exposición presentada por el Fomento de Artes Decorativas en el discutido y multitudinario XIX Congreso de la UIA en Barcelona, el año 1996, se citaba la frase de Adolf Loos: “Tu casa se hará contigo y tú con tu casa” (28). Coincidencia total de ideas con una voz que emerge de la feracidad chiapaneca: “El hombre es su casa / lo que crezca en ella / crecerá su casa". O bien con otros acentos: “...de esa tierra nacimos / con parte de esa tierra levantamos nuestras habitaciones / de esa tierra somos parte de los muros / y las ventanas que somos" (29). Identificación total, desvanecimiento y ampliación de nuestros límites. El otro extremo de lo planteado en las precedentes líneas, consiste en considerar una simple relación de “uso” entre el “usuario” y los espacios que lo envuelven. Somos, se suele decir “usuarios” de los objetos arquitectónicos. Uno de los apoyos es la repetición mecánica y acrítica y otro parte de la visión materialista, que considera que la utilidad de los “objetos externos” los convierte en valores de uso (30) y de ahi que usamos las cosas. Acordando con lo anterior, sabemos además que cada tipo de objetos tiene propiedades específicas que hacen que los utilicemos de diversas maneras, entonces los objetos según los textos clásicos tienen “diferentes modalidades de uso...” (31) Y de aquí surge inevitable la pregunta. ¿Cuál es la “modalidad de uso” de los objetos arquitectónicos? Recordando las primeras líneas de este escrito la respuesta es evidente: El hombre utiliza los espacios arquitectónicos de la única manera posible: habitándolos. Somos sus habitantes o sus habitadores (32). Se usan un lápiz o unos zapatos. Las obras las vivimos y las habitamos. Una relación que va mucho más allá de la simple acción de usar. El uso se convierte, en muchas ocasiones, por fuerza de la costumbre, en un acto mecánico, casi irracional (33). El habitar en cambio implica una relación comprometida, conciente y activa. Una relación que viaja en dos direcciones. Habitamos y somos habitados (34). Esta difícil y compleja relación queremos ilustrarla con la visión desde fuera, de algunos autores no arquitectos. Veamos unos ejemplos.
En otras palabras, una casa sólo es tal cuando el hombre la habita, la vive colmándola con sus costumbres, sus anhelos, sus angustias, sus sueños. Siguiendo a Vallejo podemos decir: “En una casa habitada sin nombre / sus muros no son de barro o piedra / sino de hombre”. Antes de su humanización la casa es sólo un conjunto de materiales ordenado en volúmenes, superficies y hoquedades. Y por supuesto, tomando en cuenta a los espíritus feministas, tenemos que complementar el verso anterior escribiendo: “En una casa habitada / por el amor y la hiedra / no existe el temor al dolor / ni nada la arredra / y aunque no se nombre por doquier / sus muros son de barro, piedra, hombre y mujer". Abundando en la relación entre la arquitectura y la mujer, escuchemos el punto de vista de dos poetisas latinoamericanas:
Y para abundar no sólo en el habitar del cuerpo:
Con otro acento, surge otra convincente voz.
Después de leer estas líneas, ¿Quién podría afirmar que Pablo Neruda era sólo un “usuario” de sus espacios? "Algo que me habitaba o que habité, donde quedaron grietas mías, quizá mis penas, mis angustias o mis alegrías. Y si esto no bastara: esta piedra está viva porque es lo que fui o lo que seré". Y hablando de grietas decía un autor imprescindible, Juan Rulfo (39):
De la influencia de los espacios en nuestra etapa infantil, nos habla Alfonso Reyes:
Primer sabor, primer centro, unidad primera. La casa en la que vivimos nuestra infancia nos marca, en ella terminamos y a partir de ella nos iniciamos. Para terminar, sin pretender agotar el tema, dos poemas. El primero de un arquitecto:
Y el segundo de un poeta juchiteco poco conocido. Quiero hacerlo por la razón anotada y sobre todo porque es un verso dedicado a un arquitecto. La anécdota cuenta que Lorenzo Carrasco, sabiendo que el poeta no podía pagarle el proyecto de su casa, le dijo: Págame con un verso. Y Nazario Chacón ni tardo ni perezoso escribió:
¿No les parece una hermosa idea?: “Constrúyela... para que converse conmigo”. Que yo pueda dialogar con mi casa, que sea mi reflejo, mi compañera de sueños y angustias. Que sea mía, que yo sea ella, con una sola condición:...Que no me duela. Disculparán ustedes, que los ejemplos hayan sido tal vez excesivos, en torno al concepto de habitar y vivir los espacios. Esto se debe a una evidente deformación docente, que prefiere la reiteración a la omisión y que además admite su debilidad por las bellas ideas expresadas a través del universo exultante y deslumbrador de los poetas. Los espacios son parte de nosotros. Y nosotros de ellos. Al visitar una casa, aun sin conocer a quien la habita, podemos tener una idea muy cercana a su realidad, a sus gustos y preferencias; a algunas de sus obsesiones (43). Son nuestra cara hecha piedra, nuestra voz apresada en sus paredes. Una sola sugerencia a manera de conclusión. Dejemos para los zapatos, los lápices y las camisas el uso y el desgaste causados por sus “usuarios” y reconozcámosles a nuestras “grietas” y sus murmullos, a nuestras paredes pintadas con amor y lágrimas, a los espacios que nos envuelven; en justa correspondencia, la posibilidad de vivirnos y de habitarnos. Sea. Notas 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43
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Fonte das imagens: RYKWERT, Joseph. "La casa de Adán en el Paraíso", 2ª edição, colección GGReprints, Gustavo Gili, Barcelona, 1999
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