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Villanueva. Modernidad y trópico |
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Isabel Sánchez Silva, arquitecto con Maestría del Royal College of Art (Reino Unido), actualmente profesor investigador del Instituto de Urbanismo, Facultad de Arquitectura, Universidad Central de Venezuela. |
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Carlos
Raúl Villanueva nació en Inglaterra
en 1900; su padre era diplomático,
su abuelo, médico y apasionado de la historia. Sin otros antecedentes
en la familia, su hermano mayor Marcel decide estudiar Arquitectura, en
la Escuela de Bellas Artes de París. Al tiempo Carlos Raúl sigue sus pasos
e ingresa en la misma escuela; a partir de este momento la Arquitectura
pasaría a ser la pasión de su vida.
Luego de concluir sus estudios, los hermanos toman caminos muy distintos:
Marcel ejercerá la arquitectura en los Estados Unidos, en cuanto que Carlos
Raúl decide volver a Venezuela, y comenzar allí su vida profesional. Hacia
el año de 1920, cuando se inicia su formación académica, se estaban gestando
en Europa, las vanguardias artísticas que más adelante le serían muy próximas.
Sin embargo, por esos años la escuela de Bellas Artes de París permanecería
fiel a su tradición académica; y es
así como la formación de Villanueva se realizará dentro de los cánones
de esta tradición. Entre las influencias
que recibió Villanueva durante sus años formativos cabe mencionar al arquitecto
Auguste Perret, quien fue su maestro
y amigo. Gracias a él, el joven estudiante adquirió sus primeros conocimientos
acerca del uso de un nuevo sistema constructivo, el concreto armado, del
cual Perret es pionero. Este material, más tarde jugará un papel fundamental
en su arquitectura. En
1929, tras concluir sus estudios, y trabajar brevemente en Francia y Estados
Unidos, Villanueva llega a Venezuela. En la Venezuela de aquel entonces
las obras civiles eran realizadas gracias al oficio de los ingenieros,
y poco se sabía del trabajo de los arquitectos. Sin embargo, la situación
cambiaría; la arquitectura venezolana estaba por abrirse paso de la mano
de varios arquitectos que, como Villanueva, se habían formado en el exterior.
La ciudad de Caracas, con su violenta luz y su densa vegetación, se convertiría
en el escenario donde realizaría la mayoría de sus obras. "El
arquitecto", como le gustaba nombrarse a sí mismo, concibe y realiza
en Venezuela una obra moderna de gran trascendencia. Tal es su valor que recientemente, la Ciudad Universitaria de Caracas,
una de sus proyectos más emblemáticos, ha sido declarada patrimonio
de la humanidad por la Unesco. Este reconocimiento ha sido
motivo de gran satisfacción entre los conocedores de la obra de
este arquitecto latinoamericano, pues esta singular obra había pasado
mayormente inadvertida, a pesar de su calidad y de las valiosas obras
de arte que alberga. La ciudad Universitaria de Caracas, reúne valores
plásticos y arquitectónicos de indudable significación hasta ahora ignorados
y apenas reseñados a nivel mundial. Algunos críticos de reconocido prestigio
como Benévolo, Lampugnani, Pevsner, y, más recientemente,
Curtis, Frampton y Montaner se han referido aunque
brevemente a esta obra. Sin embargo, las editoriales dedicadas
a la divulgación de la arquitectura (que en su mayoría son sellos europeos,
norteamericanos, y, más recientemente, japoneses), obvian, salvo contadas
excepciones, la arquitectura de los países periféricos, es decir aquella
que se realiza fuera de los circuitos consabidos. De allí la sorpresa
que causa la Ciudad Universitaria a los visitantes extranjeros y que se
debe, sin duda, a la escasa difusión de la obra de Villanueva fuera de
Venezuela. La
arquitectura de Villanueva se encuentra inmersa en el movimiento moderno; durante años estudia
con fervor los escritos y la obra de Le Corbusier, a quien conoció personalmente:
“En las oportunidades que tuve
el honor de tratarlo y conversar con él, salí siempre impresionado por
la claridad de sus conceptos” (1). Entre otras cosas el arquitecto
venezolano admiraba el talante de su colega francés para enfrentar la
adversidad. Villanueva también sigue con atención los postulados y las
obras de la vanguardia europea, que se desarrolló entre los años 1917
y 1933, período que Alison y Peter Smithson describirían como "el
período heroico de la arquitectura moderna". En este tiempo surgirían
las propuestas de los neoplasticistas holandeses, la Bauhaus, los contructivistas
rusos, entre otros. Cada movimiento emergía con asombrosa radicalidad.
Sin embargo, las guerras impidieron que en Europa, las propuestas vanguardistas
se llevaran a la práctica. Posteriormente, la escasez y las condiciones
económicas retardaron el proceso de reconstrucción. En el campo de la
arquitectura los esfuerzos se orientaron a lo más urgente. Los vanguardistas
no tuvieron más remedio que postergar indefinidamente la realización de
sus ideas. Por ejemplo, algunos de los fundadores de la Bauhaus se vieron
obligados a emigrar, principalmente a América. Los constructivistas rusos
tuvieron que trabajar bajo la tutela estatal, y sus ilusiones de que la
arquitectura era un medio de transformación de la sociedad, se vieron
ahogadas por el realismo socialista. En París, pese a la fogosidad de
Le Corbusier, lo moderno incidió muy poco en la vida de la ciudad y edificios
emblemáticos como la
Maison de Verre de Chareau, la Villa Roche y otros edificios de Le Corbusier,
pasan prácticamente inadvertidos en la ciudad. En
Latinoamérica, por el contrario, la modernidad entró de lleno, para bien
o para mal, como bien indica Sybil Moholy-Nagy, hija del famoso Lazlo
Moholy-Nagy, de la Bauhaus, y la primera en realizar una monografía de
Villanueva en 1964, refiriéndose a la modernidad: “Desde
los cincuenta América Latina (especialmente México, Brasil y Venezuela)
ha alcanzado un lugar prominente en la arquitectura, con base en las inteligentes
variantes aportadas a una revolución en el campo del diseño que en Europa
comenzara treinta años antes. Los arquitectos vanguardistas no se contentaron
con la realización de obras aisladas” (2). La modernidad llegaba tarde
a Latinoamérica pero encontraría un territorio con posibilidades insospechadas. Antes
de hablar de la Ciudad Universitaria es necesario comentar las circunstancias
que permitieron la construcción de esta obra.
A finales de los cuarenta, la población de Caracas comienza a crecer.
El fenómeno de inmigración del campo a la ciudad y las políticas de inmigración
promovidas por el gobierno (Venezuela recibió durante los cincuenta grandes
contingentes de emigrantes europeos) originó acelerado crecimiento y una
demanda creciente de obras civiles que propició el auge de la arquitectura.
Paralelamente, Venezuela comenzaba a disfrutar de la bonanza económica
que trajo consigo el petróleo. A
partir de este momento se inicia un periodo en el que se realizarán grandes
obras de infraestructura y de arquitectura. Los arquitectos tendrán la
oportunidad de realizar proyectos de dimensiones considerables. Carlos
Raúl Villanueva encontrará en este auge su momento y su lugar. La
realización de una obra de la magnitud de la Ciudad Universitaria hubiera
sido imposible sin los recursos que derivaron de la explotación petrolera.
La idea de una ciudad universitaria de nueva planta, tiene antecedentes
en otras ciudades universitarias de Latinoamérica; en la de Rio de Janeiro,
en 1936, con un primer plan maestro de Le Corbusier, quien llega a Brasil
con la esperanza de realizar grandes proyectos que al fin resultan en
decepciones. Y en la de Ciudad de México, donde se intenta con resultados
muy distintos combinar, arte y arquitectura y que se desarrolló paralelamente
a la de Caracas. Villanueva tuvo la suerte de poder llevar a cabo, él
mismo, prácticamente la totalidad de la obra. Fueron veinticinco años
de dedicación continua. El legado es considerable: unos cuarenta edificios,
incluyendo algunos de indiscutible complejidad como el Aula Magna y la
Plaza Cubierta. Estos espacios reúnen una colección de arte moderno
sin igual, puesta en escena de manera ejemplar y única a la fecha, donde
el más fino trabajo de integración de obras y espacios, toma forma definitiva.
La Ciudad Universitaria de Caracas es un testimonio inédito, donde se
hace realidad la integración de las artes, y se conjuga modernidad y trópico
en una abierta y triunfante totalidad. Villanueva
convocó a artistas plásticos extranjeros del más alto nivel, que aceptaron
de buena gana y se involucraron en el proyecto, con curiosidad algunos,
con incredulidad otros. No estaba demasiado
claro como esta obra tan increíble pudiera llevarse a cabo en un
país para la mayoría de ellos desconocido. Por
otra parte, hay que mencionar que Venezuela vivía por aquel entonces un
período de dictadura militar, con el consiguiente clima de ausencia de
libertades y represión. Aunque
Villanueva había comenzado la Ciudad Universitaria con el gobierno democrático
que antecedió a la dictadura, no ve interrumpido su trabajo con el advenimiento
del gobierno militar. La ciudad universitaria fue incluida dentro del
vasto plan de obras públicas, que el nuevo gobierno emprendería como una
manera de lograr reconocimiento y prestigio. No había tiempo para dudas,
Villanueva debió someterse a duras exigencias para
llevar a cabo esta titánica obra. La presión era una constante,
la obra del conjunto central debía esta culminada para una fecha fija,
y parecía imposible lograrlo. Villanueva cumplió con el plazo establecido
lo que le mereció el calificativo de "el Diablo", que cariñosamente
le pusiera Alexander Calder, el escultor con quien hizo una gran amistad
a raíz de su participación en el proyecto. Afortunadamente, el arquitecto
tenía la virtud de superar los problemas que día a día el medio venezolano
le imponía. Aunque
los postulados de las vanguardias europeas gravitaban en el pensamiento
de Villanueva, hasta 1934 su trabajo sigue las pautas de la escuela de
Bellas Artes de París. El
clima de Caracas aunque cálido por su latitud tropical, es muy estable.
Su altura: 900 metros sobre el nivel del mar, modera el calor en el valle.
Se puede decir que Caracas tiene un clima ideal. Las temperaturas varían
muy poco a lo largo del año y con la adecuada ventilación, no es necesario
cerrar los espacios para calentar o enfriar el ambiente. En consecuencia,
los espacios no tienen que estar aislados del exterior. Esta premisa ofrece
una mayor libertad al arquitecto: la barrera entre el exterior y el interior
no es indispensable y acepta muchas interpretaciones. Un techo generoso,
grandes aleros, serían elementos suficientes para resguardarse de las
torrenciales lluvias y del sol tropical. Los cerramientos verticales podrán
disponerse con soltura de acuerdo a las intenciones del arquitecto. En
resumen, se abre la posibilidad de ofrecer espacios que vinculen el espacio
interior y el exterior, que podemos llamar espacios intermedios. Por otra
parte, la vegetación en el trópico, permite la constante presencia del
verde a lo largo del año. Lo verde permanece aunque cada variedad tiene
sus ciclos; mientras unos pierden las hojas, otros florecen y renuevan
su verde, y otros dan frutos. La vegetación intensa bajo la luz sería
para Villanueva un elemento más de la composición. Su admirado Roberto
Burle Marx, paisajista brasileño, le ofreció toda una lección, y gracias
a él Villanueva reconoció en estos materiales verdes un vigor y una fuerza
desconocidos. Según Villanueva, Burle Marx fue el primero que intentó
una integración de las artes y en sus composiciones paisajistas señaló
un nuevo camino en el arte de hacer jardines. Este paisajista incluye
en sus composiciones elementos arquitectónicos y plásticos con una estética
de franca modernidad, que revolucionan y dejan en Caracas un legado, el
Parque del Este de Caracas, que aún es un ejemplo para los arquitectos
y paisajistas venezolanos. La
Ciudad Universitaria se desarrolló
en dos fases distintas. Una primera fase, que comenzó en 1944, que respondía
a las nociones clásicas que caracterizaron las obras del primer Villanueva.
El Hospital Clínico y los Institutos de Anatomía y Medicina Experimental
pertenecen a esta etapa. En
los cincuenta, Villanueva sintió la necesidad de realizar cambios importantes
en la obra. De alguna manera, vislumbró que era el momento de cambiar
el rumbo. El desplazamiento de conceptos representó un cambio total, el
nuevo plan maestro, contradecía los ejes de simetría planeados en la primera
versión. Villanueva propone, a
manera de pausa con lo anterior, una breve y larga estructura, que cruza
el eje de composición inicial. Este mínimo elemento, de sencilla estructura
de concreto a la vista que alterna tramas de bloque calado con vacíos,
separa y conecta la primera y segunda Ciudad Universitaria. Con la colocación
de pizarrones en algunas paredes de este pasillo especialmente ancho,
se propone un uso de aula informal para este espacio. El pasillo central,
como se le conoce, separa el mundo clásico del
moderno. En
adelante toda la experiencia arquitectónica cambiará. El Conjunto Central,
corazón de la ciudad universitaria, ocupará ahora el centro del proyecto,
ubicándose Norte-Sur, perpendicularmente al eje anterior, rompiendo con
las simetrías previas. El conjunto central está formado por el Edificio
del Rectorado, que junto con otros edificios conforma la Plaza del Rectorado,
espacio público de entrada. En sucesión hacia el interior, continúa la
Plaza Cubierta, el Paraninfo, el Aula Magna y la Sala de Conciertos (con
entrada propia hacia el Oeste) y el Edificio de la Biblioteca. El conjunto
funciona como un todo unitario gracias al singular uso del espacio como
vinculante de los elementos dispuestos de forma libre, cada uno de los
cuales obedece a sus propias leyes, lo que genera sistemas estructurales
distintos. El
techo de estos espacios, aunque fragmentado, garantiza la continuidad
del conjunto, enlazando las distintas cubiertas mediante el uso de solapes
sueltos. Este recurso, permitirá a Villanueva resolver los encuentros
de las distintas tramas estructurales, cambiar de altura y articular los
distintos edificios. En la plaza cubierta estos quiebres dejan hilos de
luz, que complementan y atenúan la fuerza de la luz lateral. Los patios,
la vegetación y las obras han sido cuidadosamente dispuestos, es el espacio
social por excelencia de la universidad: la Plaza Cubierta. Al
referirse al Conjunto Central o corazón de ciudad universitaria Oscar
Tenreiro, en su texto Los espacios públicos en Carlos Raúl Villanueva,
afirma: “Aquí Villanueva asume dos tipos de riesgo: el de refutarse a
sí mismo, al violar las pautas establecidas en su primer Plan, y el de
explorar un modo de agrupación en el que las direcciones de las retículas
estructurales, la sucesión de los espacios públicos y las conexiones entre
los edificios, se aleja de toda referencia venida de la arquitectura internacional,
se convierte en reflexión personal” (3). Al
recorrer la Ciudad Universitaria se puede apreciar la comprensión que
tenía Villanueva de lo tropical, que se manifiesta con profusión en los
espacios intermedios, espacios que se abren o se cierran con tramas de
bloque huecos, a manera de celosías, según su lugar o la función. Villanueva
comprende ahora lo ambiental a cabalidad y potencia su singularidad. En
el continuo fluir de espacios abiertos, o semi-abiertos, cerrados por
paredes caladas o verdes, cubiertos o parcialmente tamizados, las posibilidades
del clima se convierten en tema, gracias al versátil manejo de Villanueva,
su gramática distinta, moderna y tropical. Los
postulados más fuertes y más dogmáticos, que como primera fuente provenía
del pensamiento de Le Corbusier, se matizan, se transforman y se particularizan
en Villanueva, a medida que los nuevos ingredientes del lugar, entran
a formar parte de una nueva originalidad. Él lo manifiesta de la siguiente
manera: "Hay que admitir la universalidad de un hecho: no se construye
nada a partir de la nada. Es obvio. Siempre se construye a partir de algo,
de alguna tradición o de varias de ellas, aún si son contradictorias,
aún si son recientes y precarias" (4). Esta
voluntad de sumar e integrar se hace evidente en un aspecto que tal vez
sea el más conocido de la obra de Villanueva, la integración del arte
a la arquitectura. Fue este aspecto el que motivó, sin lugar a dudas, la declaración que convierte a la Ciudad Universitaria
en patrimonio moderno de la humanidad. Su obra ha sido conocida como síntesis
de las artes, aunque él prefería hablar de integración. Síntesis para él era la obra de
Antonio Gaudí: “La arquitectura de Gaudí es interna y externamente escultura
y pintura”. Un solo creador, arquitecto, ingeniero, escultor y pintor,
realizando una sola unidad. En
cambio Villanueva aspiraba a lograr, actuando desde la arquitectura, una
integración con obras de otros artistas, que a su vez debían participar
del propósito común; en sus palabras quería conseguir “la creación de
un nuevo organismo arquitectónico-escultórico-pictórico, donde no se advierte
la menor indecisión, donde no se nota ninguna grieta entre las distintas
expresiones. Lo necesario de cada una de esas valoraciones plásticas debe
ser irremediablemente evidente” (5). Asimismo
creía que las artes eran los grandes testimonios culturales de una época. En la Ciudad Universitaria tiene la oportunidad
de mostrar “el espíritu de su
tiempo” y de allí que las obras fueran de artistas preferiblemente
no figurativos. Invita a participar a grandes artistas plásticos formando
una colección de arte única, permanente y abierta. “El ambiente natural
de las obras de arte son plazas, los jardines, los edificios públicos,
las fabricas, los aeropuertos: todos los lugares donde el hombre perciba
al hombre como a un compañero, como a un asociado, como a una mano que ayuda, como a una esperanza y no
como la flor marchita del aislamiento y de la indiferencia...” (6). La
Ciudad Universitaria es a su vez la obra de arte Villanueva. Esta voluntad
de integración de arte y arquitectura en el espacio público marcó la diferencia. La
fluidez espacial y la libertad del espacio en la Plaza Cubierta pueden
hacer creer al paseante desprevenido en una suerte
de azar. Nada más lejos del azar en esta propuesta: una indagación
mínima de la planta del conjunto central permite verificar la precisión
de cada una de estas islas de luz, para emplazar una obra de arte, la
fina manera de articular los distintos elementos del conjunto
y definir los recorridos. Paulina Villanueva los reseña como movimientos, donde se vislumbra un Villanueva
con una idea musical, que teje e hila notas en una secuencia, y que en
su arquitectura son espacios, obras de arte, vegetación y luz. En esta
arquitectura, la luz y la sombra, juegan un papel fundamental y encuentran
su mayor nitidez en la Plaza Cubierta, donde el recorrido alcanza su máxima
frescura gracias al suave ir y venir de corrientes de aire que se producen
en este mágico espacio. Destaca la presencia del color de los murales,
obras maestras de Ferdinand Leger, Víctor Vasarely y el venezolano Pascual
Navarro ubicados con su aire propio en sus islas de luz y fuerte vegetación.
La precisa ubicación de Amphion de Henri Laurens, recibe a los
caminantes entre plataformas en el acceso Este y El pastor de nubes
de Jean Arp, que ocupa un espacio de honor en la antesala del Aula Magna. Todo
se encuentra fijado de una forma que parece natural, y realizado sin esfuerzo,
pero que, no obstante, responde a un cuidadoso proceso reflexivo y de
comunión con los artistas, que sólo se detendría al encontrar el espacio
preciso para cada obra y la obra precisa para cada espacio. La Plaza Cubierta
es antesala, lugar de encuentro y museo abierto que en un único acorde
alcanza su mayor virtuosismo. Se siente una misteriosa levedad en el aire
y una certeza. Es tal vez aquí donde el caminante habitual, el distraído
o el entendido, se percata y comprende.
Es como dice Sybil Moholy-Nagy, cuando nos relata que Villanueva
fue requerido en muchas ocasiones a hablar de esta integración: “su
visión no puede ser explicada en teoría. Corresponde a un proceso interior
de selección intuitiva que supo percibir cada escultura rodeada de su
espacio arquitectónico y cada una de sus creaciones espaciales enaltecida
y definida por una obra de arte. La intuición perceptiva convence por
los sentidos o no convence de manera alguna” (7), por lo que no
requiere de más explicaciones. La Plaza Cubierta es el hito de lo abierto,
su interior guarda un tesoro de colores, el Aula Magna, radiante, techada
por nubes, iluminada gracias por el genio de Calder en el más afortunado
encuentro. Los platillos voladores como los llamó Calder
coronan el espacio más emotivo de la universidad. Aún cuando platillos voladores resulta un nombre muy
apropiado para esta obra, la gente de la universidad ha preferido llamarlas
las nubes de Calder. La
participación de Calder en el Aula Magna fue una experiencia única, para
Villanueva, y para los que participaron en la obra, y en adelante para
todos los que desde entonces hemos admirado esta irrepetible comunión.
También para el artista fue motivo de satisfacción; “es
este el mejor momento de mi arte”,
afirmó Calder. La
Biblioteca Central con la presencia del soberbio vitral de Ferdinand Lèger,
es otra de esas magníficas coincidencias de la ciudad universitaria. El
vitral de dos alturas cierra un espacio relativamente pequeño, que antecede
a las salas de lectura. Es precisamente esa disparidad, entre el tamaño
de obra y espacio, lo que genera la leve tensión y mutua dependencia que
se percibe entre obra y espacio. La
vocación de integrar arte y arquitectura, que hemos descrito, seguiría presente durante la ejecución de los
edificios siguientes. En cada pasillo, auditorio, cafetín, biblioteca,
o encuentro de caminos, Villanueva tiene la oportunidad de experimentar.
Así se suceden entradas de luz, paredes tramadas, jardines, patios interiores.
Los edificios altos, serán la ocasión para desarrollar parasoles para
la protección de sus fachadas.
Los auditorios y bibliotecas, y, en el caso de la Facultad de Arquitectura,
la Sala de Exposiciones, son parte de los múltiples ejemplos de esta particular
modernidad que a cada paso sorprende. Sus propuestas de aulas abiertas
al exterior, que se continuaban en el jardín hacen creer que no hay barreras.
Aún se puede observar grupos tumbados en los jardines y en la Plaza Cubierta.
Esta noción de libertad, que se respira cuando transitas por las calles
y plazas techadas, resulta de darle el máximo aprovechamiento a la libertad
que este clima ofrece. Dentro
del mundo de la arquitectura venezolana, la figura de Carlos Raúl Villanueva
es sin duda la primera referencia. Tiene
Villanueva el mérito de situar en Venezuela una de las experiencias
más importantes de la modernidad.
Su obra es extensa; existen 135 obras catalogadas. Asimismo tuvo una intensa
vida como docente. Hablar
de tradición en la arquitectura de Venezuela sin hablar de Villanueva
sería difícil, si existe hoy una tradición es la que él nos ha legado.
La existencia de la Ciudad Universitaria en nuestra ciudad es toda una
lección, no sólo por su calidad sino también
por el coraje que requirió seguir adelante en esas condiciones.
Porque Villanueva debió enfrentar además de las dificultades de la construcción,
los problemas y las tensiones derivados de que su cliente fuera el gobierno
militar. Igualmente tuvo que sobreponerse a las críticas de sus colegas
y de algunos artistas venezolanos que se negaron a colaborar
en el proyecto por razones políticas. Villanueva perseveró y se
mantuvo firme frente a las adversidades. Estaba seguro de que este proyecto
bien lo merecía y gracias a la actitud adoptada frente a una situación
ideológicamente condenable, las generaciones siguientes hemos heredado
el conjunto urbano más importante de Caracas. En
los ámbitos universitarios, especialmente en la Facultad de Arquitectura
se tenía gran preocupación por
la escasa difusión de esta obra y del resto de la obra de Villanueva.
La reciente declaratoria de la Ciudad Universitaria como patrimonio de
la humanidad ha generado un nuevo interés por la ciudad universitaria
y por Villanueva. Actualmente se están gestionando ayudas para garantizar
su conservación. Por otra parte, la situación de desconocimiento comienza
a cambiar; por ejemplo aquí en España, se publicó recientemente el libro
de Paulina, hija de Villanueva. Este libro, que coincide
con la celebración del centenario del nacimiento del
arquitecto, es el primero de la serie "Maestros Latinoamericanos
de la Arquitectura" de Tanais Arquitectura, asociado con varias editoriales.
Asimismo ese mismo año, el 2000, se realizaron exposiciones y conferencias
en Londres, Boston, Venecia y Sao Paulo. Villanueva
redacta su arquitectura con insumos variados, unos y otros van calzando
hasta que se manifiestan en esta estruendosa afirmación, donde ni falta
ni sobra nada. La forma singular, como ensambla las “piezas”, o elementos
arquitectónicos de elaborada singularidad, conformando un conjunto. La
manera como resuelve los encuentros entre elementos distintos, sin comprometer su estructura particular. El uso del concreto
armado en contraste con un uso intensivo del color. La presencia continua
del arte. La utilización de las tramas, quiebra-soles para tamizar la
luz y permitir la ventilación. La fluidez de recorrido a través de las
plantas bajas enlazadas por los pasillos cubiertos, y la fuerte presencia
de la vegetación convierten la visita en experiencia múltiple. En pocas
palabras, se puede afirmar que la obra de Villanueva aporta suficientes
elementos a la arquitectura venezolana, como para asegurar que su obra
cambió la tradición arquitectónica del país. En la Ciudad Universitaria,
Villanueva deja constancia de una modernidad singular, como decía Sybil
Moholy-Nagy, una variante, de la arquitectura moderna, en
este caso tropical. Si
de algo podemos estar seguros es que la arquitectura de calidad eventualmente
terminará por conquistar su lugar en la
historia. Cerca o lejos de los críticos y los medios, en el centro
o en la periferia, de alguna manera se abrirá paso y
trascenderá las fronteras circunstanciales,
y se convertirá en universal. Cada
día nuevos estudiantes recorren esta universidad. Cada año ingresan a
la Facultad de arquitectura, con una vocación mas o menos definida, un
nuevo grupo de estudiantes. Aquí comienza su experiencia académica, el
estudiante vive estos espacios con mayor o menor intensidad, percibe y
aprende, aprende en la experiencia de cada día. Aún sin tenerlo demasiado
claro este habitar la universidad se transforma en la mejor enseñanza. Los
que no tuvimos la suerte de ser sus estudiantes presenciales, sabemos
que todos los que allí hemos estudiado, fuimos y somos sus alumnos, y
junto a nuestro título de arquitectos, allí bajo las nubes de Calder,
recibimos también una consigna. Una manera de ver la arquitectura. Notas 1 2 3 4 5 6 7 Bibliografía COLQUHOUM,
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y crítica. Barcelona, Gustavo Gili, 1978. CURTIS,
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