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| La
cruel utopia de la ciudad latinoamericana Roberto Segre |
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| Roberto
Segre, arquiteto e crítico de arquitetura, professor da Faculdade de Arquitetura
e Urbanismo da Universidade Federal do Rio de Janeiro, onde é atual coordenador
do PROURB |
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| (leia versão em português) | ||||||||||||||||||||||||||||
Sumándose
a la cohorte de admiradores de estas tierras, el arquitecto belga Jean
François Lejeune, organizó con gran pasión – y afrontando las innumeras
dificultades de todo trabajo de equipo a nivel internacional –, la exposición
y el libro Cruauté & Utopie.
Villes et paisajes d´Amérique latine patrocinados por el CIVA (Centre internacional pour la ville, l´architecture
et le paysage) de Bruselas, celebrada en la capital belga entre los
meses de mayo y octubre del 2003. Lejeune, formado en Bélgica, se radicó
en Miami para enseñar e investigar en la Facultad de Arquitectura de la
Universidad de Miami. Sus intereses fueron siempre orientados hacia los
procesos urbanos y arquitectónicos de la modernidad latinoamericana, habiendo
realizado estudios sobre la propuesta urbanística de Forestier en La Habana
y el desarrollo de Miami Beach, primer barrio “moderno” de La Florida.
Por lo tanto, al invitar un grupo de especialistas de aquí y de allá,
para la elaboración de la muestra y la publicación, centró su interés
en dos momentos expansivos de la utopía latinoamericana: el período colonial
y las décadas de los treinta y los cincuenta, años de gestación de las
vanguardias artísticas, arquitectónicas y urbanísticas. Iniciativa que
obtuvo el apoyo de los principales investigadores sobre estos temas, locales,
europeos y norteamericanos: el francés Jacques Leenhardt; los españoles
Eduardo Subirats y Carlos Baztán Lacasa; los belgas Christophe Pourtois
y Hervé Hasquin; los norteamericanos Edward R. Burian, Rebecca E. Biron,
Robert A. González, Carol Damián y Keith L. Eggener; el argentino Adrián
Gorelik; el chileno Fernando Pérez Oyarzún; los brasileños Carlos Eduardo
Comas, Carlos Martins, Lauro Cavalcanti y Olivia de Oliveira; los mexicanos
Carlos Fuentes y Víctor Jiménez; los venezolanos María Teresa Novoa de
Padrón y Enrique Larrañaga; el ecuatoriano Eduardo Báez y el ítalo-argentino
Roberto Segre. Aunque
la exposición se denominó Cruauté & Utopie, estos dos términos
no se expresaron simétricamente, predominando la visión de la utopía.
Ya el montaje de la muestra, realizada por los argentinos residentes en
Miami, Roberto Behar y Rosario Marquardt, al identificar la muestra con
una libre interpretación de los colores del arco iris, creó una imagen
festiva y risueña, asociada al policromatismo de las vestimentas indígenas
de América Central. Luego, América está representada en el rigor cartesiano
de los trazados urbanos coloniales y al mismo tiempo por la magia y el
misticismo de las imágenes religiosas, que rompían con el anonimato y
la frialdad de la geometría de origen europeo. Ritos, cánticos, procesiones
y carnavales, humanizaban con su sincretismo cultural y el mestizaje social,
la vida cotidiana de las ciudades coloniales, generando una nueva expresión
de la herencia occidental, transformada por los usos y costumbres de la
sociedad criolla, en la que, los escasos indios sobrevivientes, hicieron
perdurar sus mitos y creencias. Proceso urbano puntual que todavía no
alteraba la magnificencia del paisaje, cuya dimensión inusitada – parafraseando
a Alejo Carpentier –, tanto impresionó a los artistas europeos que viajaron
a América e ilustraron las sorprendentes bellezas naturales: fueron los
Rugendas, Schmidt, Taunay, Debret y otros. El
núcleo principal de la exposición se centró en la visión de las vanguardias
brasileñas, mexicanas y venezolanas, identificadas con algunos personajes
sobresalientes de cada uno de estos países. De Brasil, además de la bella
maqueta del Ministerio de Educación y Salud, y documentos y planos originales
de los años treinta – ilustrando el fervor de renovación que hizo de la
arquitectura brasileña un paradigma de la modernidad “regional” de los
códigos del Movimiento Moderno –, se destacó la obra paisajística de Burle
Marx – estuvo desplegado el increíble plano con el diseño del Aterro de
Flamengo –; y la multifacética producción de Lina Bo Bardi, luchadora
incansable por la renovación expresiva de la arquitectura paulista, sino
también por el necesario diálogo con las culturas populares y las tradiciones
locales. México privilegió la figura de Juan O´Gorman y Luis Barragán;
el primero, líder del racionalismo de la línea dura en los años treinta,
pero luego convertido a un regionalismo – no crítico, como diría Kenneth
Frampton – a ultranza, que lo hizo habitar casi en una caverna, conviviendo
con los íconos y representaciones del arte azteca. El segundo, síntesis
del encuentro entre el silencio introvertido del espacio colonial y la
abstracción de los códigos del Movimiento Moderno. Por último, Caracas,
quedó identificada en las elaboradas maquetas de la Ciudad Universitaria
y los dibujos del Aula Magna que proyectara Carlos Raúl Villanueva en
la década de los cincuenta, con la participación de Calder. Buenos Aires
y La Habana, estuvieron presente en menor escala; cada una con una colección
de tarjetas postales de los años treinta, que evidenciaban los cambios
producidos en el paso de la ciudad “clásica” a la ciudad “moderna”. La
crueldad se resumió en una cámara obscura en la que múltiples televisores
reproducían imágenes de las condiciones dramáticas de vida de la ciudad
de Tijuana – tomadas de una película de Chantan Akerman, “From the Other
Side” –, que muestran el angustiante fenómeno de los inmigrantes mexicanos
clandestinos a Estados Unidos, y la contradictoria cultura kitsch
existente en esa ciudad de frontera, documentada en el ensayo escrito
por Robert A. González. Pero si bien tanto Lejeune, Carlos Fuentes y Rebeca
E. Biron, se refirieron a las contradicciones sociales, económicas y urbanas
que se viven en América Latina, la crueldad de la existencia cotidiana
de millones de habitantes de la región, debía estar más presente. Carlos
Fuentes, al hablar de la significación del espejo como un mutuo mirar
hacia la realidad – desde Europa y desde América –, debía aclarar que
es un espejo no brillante y luminoso, sino sombrío y profundo como la
caverna platónica, expresión, no sólo de la Leyenda Negra de la conquista
de América, la eliminación de diez millones de indios, sustituidos por
otros tantos millones de esclavos; sino a la vez las contradicciones existentes
en megalópolis como México D.F., San Pablo, Río de Janeiro, Buenos Aires,
o la “utópica” Brasilia, ya condenada por las ciudades satélites y las
ocupaciones clandestinas de tierras donde se asientan las favelas. Creo
oportuno recordar el libro publicado por Siglo XXI en la década del setenta,
“América Latina, para verte mejor”, con fotografías del italiano Paolo
Gasparini y textos del escritor cubano Edmundo Desnoes; quienes demostraban
una realidad urbana y rural, en la multiplicidad de signos e íconos arquitectónicos
y urbanísticos, aún poco difundida todavía hoy; o quizás recientemente
por algunas fotos de Sebastián Salgado. Sería entonces necesaria una nueva
versión de Cruauté & Utopie,
en la que el fiel de la balanza baje hacia la crueldad, cada vez más presente
en este imprevisible y sombrío siglo XXI. Sin duda, la exposición no abriría
con la pantalla multicromática del arco iris, sino con las imágenes de
Tupac Amarú descuartizado; la metáfora de la Lección de Anatomía de Rembrandt
– la foto del Che Guevara asesinado en Bolivia –; las esparcidas Favelas
en Río de Janeiro y la extensión infinita de Ciudad Nezahualcoyotl
en México DF. |
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