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architexts ISSN 1809-6298


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O autor explora as origens da América Latina, defendendo uma visão includente, dialética, que nos permite ler uma história originária indígena, uma mestiça, que inclui os europeus e uma africana, compondo, portanto uma América índia, branca e negra


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RAMÍREZ PONCE, Alfonso. América Indiasinoblanquinegra. Arquitextos, São Paulo, año 09, n. 097.04, Vitruvius, jun. 2008 <http://www.vitruvius.com.br/revistas/read/arquitextos/09.097/135/es>.

"Descubrir, no consiste sólo en venir de fuera o de lejos. No hay más lúcido descubridor que aquel, que desde dentro, mira y ve". (José Lezama Lima)

La palabra Amerindia nos remonta a nuestro pasado indígena, entendiendo por tal, según las raíces latinas del término (2); inde – de allí – y de genus eris – origen, nacimiento, raza –; en otras palabras, indígena es un adjetivo que significa lo que es originario de allí, de un lugar; lo que nace, es propio y pertenece a un lugar. Aunque como se sabe, comúnmente empleamos la palabra como sustantivo para nombrar a determinadas personas y grupos sociales.

Es cierto que nuestra América antes de la conquista era únicamente un amplio territorio indígena y que después – involuntariamente – unió y mezcló sus raíces originarias con las de los habitantes de otras varias partes del mundo. Ahora, en nuestros días, difícilmente podríamos hablar de una sola América indígena separada de todos sus procesos poblacionales a lo largo de los años. Es entonces que necesitamos ver nuestra realidad con una visión incluyente, dialéctica, que nos permita contemplar una historia originaria, indígena, y una mestiza que incluye dominantemente la participación europea con todos sus componentes regionales: portugueses, españoles, judíos y árabes, entre otros. Y además, como todos sabemos, al ser exterminadas amplias capas de la población originaria, principalmente por la sobreexplotación, las enfermedades, la desintegración familiar, sobrevinieron la llegada y la necesaria inclusión de nuestras raíces africanas.

Tenemos así una América india, blanca y negra. Una Amerindiablanqui-negra. Imposible no evocar al citar estos términos, al poeta peruano Nicomedes Santacruz, quien poéticamente combinaba sugerentes términos como: América Blanquinegrindia; Indiablanquinegra; Negriblanquindia. Y recordemos que si los adjetivos los pusiéramos en orden cronológico, tendríamos que incluir un cuarto factor y hablar de una América indio-sino-blanqui-negra o indio-chino-blanqui-negra, porque no hay que olvidar que la gran cultura china llegó a nuestro continente 71 años antes que los europeos, en 1421, en una de las siete megaexpediciones (3) comandadas, en un lapso de 28 años – de 1405 a 1433 –, por el legendario almirante Zheng He. Tan sólo en la primera de ellas, en julio de 1405, organizó una flota de ¡¡62 barcos con una tripulación de 27 000 hombres!! Precisamente en el 2005 se celebraron en China y en otros países asiáticos (4), los 600 años de la primera de ellas. Este acontecimiento ha sido casi olvidado, entre otras razones, porque las expediciones chinas fueron realizadas con el afán de expandir su intercambio comercial y cultural con otros países. En ellas iban mujeres y hombres de ciencia deseosos de ampliar sus campos de conocimiento y estudio. En pocas palabras, no fueron aventuras imperialistas en busca de riquezas ajenas. Permítanme, aunque sea muy sucintamente, citar este casi olvidado hecho histórico como obligada referencia, para ubicar cronotópicamente, la verdadera posición de la participación europea, dentro de nuestra historia.

En resumen, hemos tenido, hasta nuestros días, dos etapas básicas: una indígena – en el sentido anotado – y una mestiza, en sus distintos niveles. Sabemos que la parcial y obtusa visión de los conquistadores, impidió que su cultura se sumara a las culturas indígenas, por lo contrario, bajo el pretexto evangelizador, trataron de aniquilarlas, de borrar todas sus manifestaciones. Hay quienes afirman – por ejemplo, el antropólogo mexicano Guillermo Bonfil Batalla – que lo que sucedió hace ya cinco siglos no fue ni descubrimiento, ni invención, ni encuentro, sino más bien fue un “encontronazo”. “El desastre”, lo llama el escritor cubano Roberto Fernández Retamar, y en opinión de la investigadora francesa Laurette Sejourné:

“(la conquista)... fue un cataclismo, frente al cual palidecen las más sombrías catástrofes de la historia”.

Muchos de ellos apoyan su argumentación con cifras y datos que resultan, a la distancia, impresionantes. Y esto se explica porque al inesperado y equívoco descubrimiento siguió una despiadada conquista, más cruel y sanguinaria que muchas otras. Por ejemplo, en la zona central de México, – según los historiadores Cook, Simpson y Borah –, de 25 millones de indígenas en 1519, sobrevivieron a la violencia, la desintegración familiar, las enfermedades y la explotación desmedida, sólo un millón en 1605. En otras palabras, después de 86 años habían muerto ¡¡96 de cada 100 personas!! El exterminio casi total. A nivel latinoamericano, las cifras según Darcy Ribeiro son las siguientes:

“Aztecas, incas y mayas sumaban entre 70 y 90 millones de personas cuando los conquistadores aparecieron en el horizonte; siglo y medio después se habían reducido en total a sólo tres millones y medio” (5).

Es evidente que tan conflictiva relación entre conquistados y conquistadores, ha perdurado en nuestras sociedades cinco siglos después. No encuentro palabras más certeras para definir lo que nos sucede actualmente, que las del antropólogo mexicano Bonfil Batalla:

"Un pueblo colonizado posee una cultura diferente de la que posee la sociedad colonizadora. El proceso colonial la habrá mutilado, constreñido, modificado; pero no la habrá hecho desaparecer, si esto fuera así, no habría más pueblo colonizado. La cultura autónoma que conserva representa la continuidad histórica de una cultura diferente, en torno a la cual se organiza un proyecto civilizatorio alternativo para el pueblo colonizado... un proyecto de liberación" (6).

Fíjense ustedes, “un proyecto civilizatorio alternativo”, diferente, que represente los intereses de la mayor parte de la población. Un proyecto que, después de muchísimos años de espera, empieza a conformarse en varios de nuestros países. Y sigue nuestro autor:

"La naturaleza de la sociedad capitalista, acentuada por la industrialización, implica un proceso creciente de enajenación e imposición cultural sobre el mundo subalterno, al que se quiere ver convertido en consumidor de cultura y no en creador de ella. Las tesis de la propaganda consumista – tanto de bienes materiales como de sentimientos e ideología – buscan convencer al hombre del mundo subalterno de que es cada vez menos capaz de pensar, hacer, querer o soñar por sí mismo; porque otros saben pensar, hacer, querer o soñar mejor que él. La afirmación de la cultura propia es, por eso, un componente central, no sólo de cualquier proyecto democrático, sino de toda acción que descanse en la convicción de que los hombres lo son, por su capacidad creadora" (7).

Lo anterior explica en forma clara, el porqué para algunos arquitectos la única arquitectura válida es la que se produce en los países desarrollados. Ellos piensan que los que piensan y hacen las obras son los arquitectos del mundo desarrollado y a nosotros sólo nos corresponde; primero esperar y luego copiar e imitar lo realizado allende nuestras fronteras, no importa si las obras respetan nuestros valores tradicionales y satisfacen nuestras necesidades regionales. Lo que importa es que se parezcan a las obras primer mundistas. En forma lapidaria Bonfil remata:

“La historia nos ha legado cinco siglos de dominación colonial. Una de las herencias de las que debemos desembarazarnos inexcusablemente y cuanto antes, es la distorsión con que vemos nuestra propia realidad, al percibirla a través del tamiz de los prejuicios culturales propios de la no interrumpida ideología del colonizador. Esta percepción se finca en la devaluación del otro, el diferente, el dominado, y afirma la supuesta superioridad de... la cultura del dominador... Desmontar el andamiaje cultural sustento de la visión cultural del sector dominante en nuestras sociedades, resulta entonces una tarea prioritaria para sanear el ambiente intelectual – en el sentido amplio –, construir una visión auténtica de nosotros mismos” (8).

Ejemplos de esta “distorsión” con la que vemos nuestra realidad son muchos y se presentan a muy distintos niveles. Si me permiten, quiero poner un granito de arena en este “desmonte del andamiaje cultural” al que alude mi alter ego Bonfil Batalla y exponer una reflexión que me ha acompañado desde hace tiempo, y que ahora por primera vez comparto, pues creo que no podré encontrar oídos más receptivos que los que gentilmente me escuchan.

Miren ustedes: ¿Qué significa o qué queremos decir, cuando nos referimos a la etapa indígena de nuestra historia, al surgimiento de nuestras grandes civilizaciones, como la etapa pre-hispánica? Significa algo muy claro, no le damos un nombre propio al período. Lo situamos, lo que es distinto, pero no lo nombramos. Simplemente decimos es lo anterior a la llegada de los españoles. Colocamos como punto central, como parteaguas de nuestra historia, a la cruenta conquista. Como si no tuviéramos ninguna historia digna de ser contada, hasta ese terrible “encontronazo”. Y aquí, antes de continuar, es necesaria una digresión para evitar malentendidos. Digo bien claro: No se pretende de ninguna manera, culpar de la masacre de la conquista al pueblo español, ni poner en tela de juicio su nobleza y su generosidad similares a las de nuestros pueblos. La crítica va dirigida directamente a los intereses políticos y económicos de su gobierno imperial, que propiciaron la masacre, la explotación y el saqueo de nuestras riquezas. Cierro la digresión. La secular dependencia cultural nos ha impedido darle un nombre propio a nuestro período originario, como si no lo mereciera, como si nos avergonzáramos de él. Es sólo lo que estaba “antes de”. Imaginen ustedes que al preguntarle a alguien –Fulanodetal – por el nombre de su padre, nos dijera: Se llama “Pre-fulanodetal”. O que en la historia de España, antes del año 711, a la etapa previa a la dominación árabe la llamaran la etapa prearábiga. Me parece una clara y poco explicable negación, conciente o inconciente (9) de nuestro pasado. El andamiaje cultural del dominador ha sido tan denso que nos ha impedido ver, valorar y nombrar la imponente obra existente antes de su presencia. En este sentido, Carlos Pellicer, poeta mexicano, escribió:

“los conquistadores no nos trajeron LA cultura, nos trajeron SU cultura”.

Por otra parte, si seguimos este discurso, el complemento congruente de esa “visión cultural” de no nombrar sino sólo “situar” los hechos históricos, sería hablar de tres períodos: el pre-hispánico, el hispánico y el pos-hispánico. El antes, durante y después.

Pero como si hasta aquí, lo anotado no fuera suficiente, resulta que también, es muy común darle a la etapa de las grandiosas civilizaciones indígenas el calificativo de pre-colombinas o pre-cortesianas, en el caso de México. Por fortuna, hasta ahora no he oído o leído a nadie que se le haya ocurrido llamar a la civilización inca, la civilización “pre-pizarriana”.

¿Qué significan estas calificaciones de carácter personal? O des-calificaciones si prefieren. Significan, sobre todo, el entendimiento de los procesos sociales, históricos, como resultado de la acción solitaria e iluminada de sólo unos cuantos seres humanos. La interpretación opuesta nos dice lo contrario, que los grupos, las sociedades y sus acciones colectivas son el verdadero motor de las transformaciones sociales a lo largo de la historia de los pueblos. No puede ser que toda una etapa histórica tan compleja, rica y variada lleve el nombre de “Antesdefulanodetal”; pues utilizar el mismo prefijo “pre”, significa también, lo que pasó antes de Colón o Cortés. Lo cual, si no fuera, además de una interpretación limitada de la Historia, sería, por decir lo menos, una clasificación desproporcionada y desmesurada. Recordemos tan sólo a vuela pluma, que Colón nunca supo bien a bien a dónde había llegado y que siendo un buen navegante, fue un mal geógrafo, cuyos errores de cálculo de la circunferencia terrestre propiciaron en parte, su aventura. Y de Cortés, ¿qué se puede decir?... Sólo anotemos aquí, que dejó como parte de su herencia 13 libros y 25 esclavos, por supuesto indios y negros. ¿Recuerdan?

A manera de brevísima conclusión, – cuyos planteamientos habrá que desarrollar –, mencionemos la necesidad de hacer a un lado la dependencia cultural de siglos, la mentalidad dominante, de la que muchas veces somos nosotros mismos sus correas de transmisión, sus divulgadores y reconozcamos en los términos y en sus contenidos a la etapa originaria de nuestra historia.

Démosle el nombre que le pertenece, su nombre propio: la etapa Indígena, así con mayúsculas. Y en consecuencia, la etapa posterior a la conquista, será la del mestizaje, es decir, la etapa Mestiza. Y de esta última planteemos dos partes: la Dependiente o colonial-virreinal, y la Independiente, al menos en la dimensión política. Digo, para empezar.

¿Qué les parece?

notas

1
Ponencia en el II Congreso de Arquitectura Amerindia, Formosa, Argentina. el 17 abril 2006.

2
COROMINAS, Joan. Breve diccionario etimológico de la lengua castellana. Gredos, 1983, p. 234.

3
Ver MENZIES, Gavin. 1421 The year china discovered the new world. Bantam Books, 2002. (También se puede consultar: www.1421.tv). Archipiélago publicó en su número 44 (abril-junio 2004) dos ensayos y una crónica sobre el tema, de los investigadores Enrique Dussel, Gustavo Vargas Martínez y Carmen Rojas Sandoval.

4
En Singapur, pudimos presenciar una gran exposición sobre el tema. Imposible describirla en esta breve nota, aunque como dato curioso, citaré que al término del recorrido, los asistentes podían salir por una de dos amplias puertas, que tenían una visible leyenda –no literal – en su cerramiento: “Pase usted por aquí, si cree en el descubrimiento” en una de ellas y en la otra: “¡¡Pase usted por aquí, si no cree!! Tengo que anotar que en la exposición había muchos turistas occidentales y que el resultado era, hasta el día de mi visita, un deportivo empate, pues la mitad de los asistentes creía en el descubrimiento.

5
Citado por Eduardo Galeano en l”Las venas abiertas de América Latina”

6
BONFIL BATALLA, Guillermo. Pensar la cultura. Alianza Editorial, 2ª ed., 1992, p. 11.

7
Ibídem., p. 13

8
Ibid., p. 12.

9
Suelen escribirse estas dos palabras con SC, pero quienes así lo hacen, escriben su raíz conciencia así, sin la S, lo que me parece incongruente. Además, la S sobra pues no tiene ningún sonido.

sobre el autor

Alfonso Ramírez Ponce es arquitecto mexicano, profesor da Faculdade de Arquitetura da Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), escritor, conferencista, proyectista y constructor de obras de bajo costo, con materias primas como el ladrillo. Asesor de la FPAA (1992-2000) y de la Fundación Rigoberta Menchú. Ganador del Premio Armando Mestre de la República de Cuba. Primer premio del Concurso sobre Transferencia Tecnológica para el Habitat Popular, organizado por el CYTED – Ciencia y Tecnología para el Desarrollo.

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